Armantia

Reflexiones, ficción, cosas

Recientemente he creado un podcast un poquito experimental. Se llama ProximaStream, y en él hablo del futuro… en el futuro. Se trata de una audioficción que simula ser una especie de podcast de la actualidad tecnológica un cuarto de siglo en el futuro. En él exploro las consecuencias de nuestro avance tecnológico (para bien y para mal), siempre intentando mostrar el camino recorrido desde el presente.

La idea no es, evidentemente, adivinar cómo será el futuro, sino explorar futuros posibles y hacer pensar al oyente sobre ello, y aunque esté centrado en la tecnología, tangencialmente se exploran otros campos (¿a qué no afecta la tecnología hoy en día?)

Es una forma de hacer ciencia ficción de anticipación que me apetece mucho, y de hecho estoy despiezando algún relato que no terminaba de convencerme y que se adapta como un guante a este formato.

La duración es corta, aunque probablemente haga programas especiales más largos.

Está disponible en:

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Cuando me registré hace diez años, Twitter era un lugar bastante más pequeño y aburrido. El número de temas de que se hablaba aún estaba expandiéndose, con la tecnología como epicentro. No había ranking de trending topics, ni hashtags o retweets integrados en la plataforma.

En aquel entonces aún se creía que Twitter o Facebook (hasta Google) eran éxitos de un día, arrolladores pero modas al cabo, y que sucumbirían tras la siguiente startup innovadora. Era una época en la que aún coleaba el término «web 2.0». La siguiente iteración acabaría con todo.

Mucho ha llovido. La parte buena ahora es mucho mejor. Los contenidos interesantes se han multiplicado, y permite estar al día de maneras inimaginables, incluso seguir revoluciones o golpes de estado en tiempo real. Acerca a personas, grupos, empresas, instituciones, gobiernos.

Por no hablar de las iniciativas, alertas civiles salvavidas, ayudas para tratamientos médicos, programas benéficos, campañas solidarias, proyectos altruistas, negocios esperanzadores, que han nacido en un tweet y echado a volar gracias a la tumultuosa viralidad de esta red.

La parte mala ahora es monstruosamente peor. El discurso público y la lucha por controlarlo se ha ido trasladando a Twitter. Grupos e ideologías enfrentados que claman ser «el bien» no se privan de ejércitos de bots, fake news, linchamientos textuales, acoso, apología del odio etc, en un vergonzante e hipócrita ping pong que se maquilla gracias a las cámaras de eco y el input endogámico. La propia Twitter ha sido muy tímida a la hora de limitar el impacto de estos comportamientos, conocedora de que son las llamas las que la mantienen relevante como red social.

El uso provechoso de Twitter está ahí, y puede ser magnífico, aunque requiere cierto esfuerzo de amurallamiento por parte del usuario. Las «vacaciones de redes sociales» de moda hoy por el impacto en la vida diaria de tanto odio y negatividad eran impensables en 2008.

Me queda una sensación muy agridulce tras comparar lo que se esperaba de las redes sociales hace diez años y lo que son ahora. Resulta que «conectar a todo el mundo» sonaba y se ejecutaba genial cuando «el mundo» eran cuatro gatos y no cientos de millones de personas

Este libro adapta al papel parte del contenido de la serie de televisión Civilizations, una serie documental de la BBC de 2018 que la autora ayudó a poner al día a partir de su versión original de 1969. Beard nos lleva a reflexionar sobre cómo el arte se crea, se observa y ayuda a determinar lo que consideramos una civilización.

En la primera mitad trata la representación del cuerpo humano a lo largo de la historia, su función, la cambiante manera de mirarlo y cómo lo que ahora encajonamos en museos formaba parte de la vida pública y se convertía prácticamente en presencias no humanas que poblaban los exteriores.

Beard dedica la segunda mitad a la otra gran fuente humana de arte: la religión, y los problemas que esta se ha encontrado a la hora de lidiar con la representación visual de lo divino, en particular con la guerra entre la creación y uso de las imágenes y la iconoclasia.

Este libro es un gran pequeño libro con otra mirada de la historia del arte. Digo pequeño porque realmente no llega a las 300 páginas con un tamaño de letra generoso, y digo gran porque viene en una cuidadísima edición de tapa dura y papel gratinado incluso cuando no hay ilustraciones. Y por supuesto, las ilustraciones, abundantes y con la posibilidad de contemplación reposada que no ofrece la serie de televisión. Un libro fantástico para este caluroso verano.

La civilización en la mirada, de Mary Beard, traducido por Silvia Furió y publicado por Crítica.

Categorizar Bosque Mitago no es sencillo. Tradicionalmente se la ha metido en el estante de la fantasía, aunque es fantástica en un sentido mucho más amplio del habitual. Se ha llegado a sugerir que es más bien “ficción mitológica”.

Y es que hay fantasía, y hay mitología, pero hablamos de mitología de nuestro mundo, concretamente localizada en las islas británicas. Holdstock ha creado un maravilloso artefacto literario que nos permite recorrer durante la narración milenios de mitos de diversas culturas humanas en un mismo escenario, un bosque enigmático en el que la imaginación puede traer de vuelta figuras heroicas del pasado, también llamadas mitagos.

Se mezcla constantemente lo tangible y lo abstracto: la descripción detallada de un bosque noreuropeo que nos puede llegar a hacer oler el musgo y una capa de reflexión sobre las leyendas, de cómo y por qué las creamos y necesitamos.

Diría que el gran mérito de esta novela es desarrollar una trama rebosante de mitología con una prosa portentosa… sin parecerse nada, nada, nada a El señor de los anillos. Lo cual en una obra anglosajona de los años ochenta, es bastante notable. Apenas se le puede achacar el ritmo irregular y una caracterización y retrato las relaciones interpersonales que no ha envejecido muy bien.

A estas alturas de reseña, se pueden estar preguntando: ¿cuántas semanas voy a estar leyéndolo? Pues todo esto que he comentado está condensado en menos de trescientas páginas.

No es la primera vez que hablo de Harari, este canal abrió con su anterior libro, Homo Deus. Desde que Harari publicó Sapiens y su secuela, han ocurrido muchas cosas, entre ellas una que el propio autor dijo querer evitar: que le convirtieran en un gurú.

Cualquier cosa que dijera Harari, aún con la boca pequeña, se convertía en palabra del profeta. Para colmo, gente como Bill Gates o Mark Zuckerberg, entre otros muchos famosos, recomendaron sus libros. Harari no ha sido inmune a estas loas, y se ha visto en la situación en este mismo libro de criticar lo que estas dos personas representan, incluso de forma directa, pero diría que con tono de disculpas, a sabiendas de estar dando un coscorrón a quienes le auparon como autor.

21 lecciones para el siglo XXI empieza con lo que diría que es una falsa: su título. Se nota que es una creación editorial para potenciar esa imagen de gurú profético de Harari. El contenido no puede ser más distante. Un título sincero sería: 21 preguntas o 21 cuestiones a tratar para el siglo XXI.

El punto de partida es el siguiente: de los tres grandes relatos globales del siglo XX, fascismo, comunismo y liberalismo, queda el liberalismo, y este ahora mismo tiene los pies de barro, o incluso, los días contados. Entonces, ¿qué llegará después? En las siguientes páginas tocará variopintos temas: política, poder, justicia, educación, religión e incluso, ciencia ficción.

A pesar de su enfoque desapasionado sobre lo que cuenta, en ocasiones se moja en su habitual estilo: a veces de manera brillante, a veces pasándose mucho de frenada en la audacia de sus conclusiones sin explicar cómo llegó ahí. Pero tal y como dije de su anterior libro, Harari es honesto en su intención de hacer reflexionar al lector, y este libro es también uno de esos pocos que la gente recomienda con la coletilla “aunque no esté de acuerdo con todo lo que dice”.

Si el carácter popular de Harari trajo la noción de que es un gurú admirable y un profeta moderno, esto trajo también su reverso, que Harari es un peligroso miembro del establishment que quiere lavarnos el cerebro. A mi entender, ambas ideas son imposibles en tanto que los libros de Harari son simplemente demasiado blandos como dadores de conclusiones, aunque estas reacciones son bastante normales si las enmarcamos en un mundo cada vez más receptivo a la idea de que la cultura sólo puede ser necesaria o peligrosa.

El punto fuerte de Harari es su capacidad dar narrativa a la macrohistoria, de tejer un relato global de una especie, y ese sigue siendo el punto fuerte de este libro, quizá más flojo que los anteriores por su carácter de remiendo de artículos, en los que se deja ver que la idea de este libro se tejió más bien en una reunión de negocios del mercado editorial, pero aún así, de lectura igualmente interesante.

21 lecciones para el siglo XXI, traducido por Joandomenec Ros y publicado por Debate. Escrito, recuerden, no por ningún profeta del bien o del mal, sino por el humano historiador israelí budista y gay, Yuval Noah Harari. Ni más ni menos.

¿Qué es el tiempo? ¿Hasta qué punto lo entendemos? ¿Existimos en el tiempo o el tiempo existe en nosotros? ¿Por qué recordamos el pasado y no el futuro?

Entonces Rovelli nos saca de la confortable y predecible física clásica de un empujón para meternos de lleno en la extraña e incierta física cuántica. Ahí, cuando aún estamos descolocados, niega la mayor: el tiempo, como tal, es una ilusión. Sí, lo hemos oído antes, pero… realmente no existe. Vemos cómo físicos y filósofos fueron resquebrajando la idea del tiempo lineal, y cómo los primeros experimentos terminaron de sepultarla para siempre. Desde que a mediados del siglo pasado se pusiera un reloj de precisión en un avión a reacción, y se comprobara que para este el tiempo pasaba más lento que para otro avión que se quedó en tierra… ya nada fue igual. Hay calor, hay entropía, hay cambio. Pero no hay tiempo como lo solemos entender. No hay un constante fluir universal, no hay un mismo presente para todos.

El autor nos acerca magistralmente a este mundo sin tiempo, y cuando empezamos a llenar nuestro cerebro de un siglo de nueva física, da un giro al volante hacia las humanidades, para meternos en las profundas implicaciones filosóficas que tiene una idea semejante. Rovelli suele reivindicar en las entrevistas que ciencias y humanidades dejen de ofrecerse a los estudiantes como dos castillos distantes, y leyendo este ensayo, entendemos por qué.

Pese a lo que pueda parecer, este es un libro completamente accesible para quienes, como yo, tenemos muy poca idea de física. Sólo hay un par de pasajes que pueden ser áridos, y que el propio autor recomienda saltarse a los más profanos. Es además honesto, nos aclara cuando nos cuenta hechos refutados, asuntos aún polémicos o especulaciones. El orden del tiempo es divulgación de primer orden, y un ejemplo perfecto de cómo el ensayo puede ser tan lúdico y con tanto sentido de la maravilla como la mejor ciencia ficción. Y es que nos habla de algo mucho más asombroso de lo que creíamos antes de abrir el libro. El cambio al que llamamos tiempo, es tanto el motor del universo, como lo que permite dotar de sentido a nuestras vidas.

No está mal para un libro que no llega a las doscientas páginas.

¿Sabían que el actor Benedict Cumberbatch leyó el anterior libro del autor para su papel de Dr Strange, y le gustó tanto que se ofreció a narrar el audio libro de el Orden del Tiempo? Así es, el audiolibro anglosajón de este título está narrado por el mismísimo doctor Extraño.

Para quienes no lo conozcan, decir que Robinson es un veterano y popular escritor de ciencia ficción en su rama “dura”, aunque él mismo odia esa etiqueta. Sus obras más populares son la trilogía de Marte tricolor, publicada a lo largo de los años noventa, en la que describe con todo lujo de detalles la colonización de Marte por parte del ser humano. Durante el resto de su carrera literaria, Robinson continuó esta línea de astrooptimismo en novelas como 2312, en la que nos llevó de la mano por la colonización del resto del sistema solar con el mismo enfoque a la vez realista y luminoso.

En definitiva, Robinson se convirtió en uno de los pilares centrales de la corriente, obviamente popular en la ciencia ficción, que postula como cercana, inevitable e indispensable para el progreso y futuro de nuestra especie, su expansión por el cosmos.

Pero de pronto, en 2015 publica una novela de ciencia ficción, Aurora, cuya idea principal consiste en que, aunque no imposible, el viaje interestelar para colonizar mundos más allá de nuestro sol es tan difícil como improbable. Publicó también un artículo en el que condensa el trasfondo científico de esta tesis, con un título claramente provocador: “Nuestras naves generacionales se hundirán”.

Esta salida del raíl cayó como un jarro de agua fría en el entusiasta público del género, incluso Kameron Hurley, autora de otra novela de naves generacionales, escribió un artículo de respuesta en el que básicamente tachaba el pesimismo de Robinson de peligro para la esperanza, la imaginación y el sentido de la maravilla. Y aquí nos topamos con la pregunta con la que he abierto el vídeo: ¿Qué le pasó a Kim Stanley Robinson?

Para entender este aparente giro de 180º tenemos que conocer otra faceta del autor: la política. Robinson es abiertamente crítico con el capitalismo, afirma que la civilización está fuera de control y que el sistema económico que la sostiene está drenando los recursos del único hábitat posible hoy por hoy para la humanidad: el planeta Tierra. Sin ir más lejos, el cambio climático protagoniza varias de sus últimas novelas. Esta visión política no es nueva, toda su obra está salpicada de ella. De hecho, para Tim Kreider, columnista de The Newyorker, Robinson es uno de los escritores políticos más importantes de Estados Unidos. Según el propio autor, la trilogía de Marte, que en los noventa fue un éxito por su visión de la colonización marciana, está viendo ahora renacer sus ventas como literatura postcapitalista.

¿Qué quiere decir esto? Que no ha habido cruce de cables o una transición de escritor ilusionante a viejo amargado. Se trata de una reacción contra otra visión política en alza. Una que predica que la Tierra es un mundo desechable, que no hay que caer en la desazón por desintegrar sus recursos porque la ciencia y la tecnología siempre estarán ahí para salvar el día, y que, si tan negro puede pintar el futuro, pues razón de más para pisar el acelerador y largarnos de aquí cuanto antes. Ha sido esta narrativa, y no un repentino deseo de arruinar los sueños de nadie, la que ha impulsado a Robinson a poner en contexto la realidad de la colonización de otros mundos, una realidad a la que ha dedicado toda su vida profesional.

Es difícil pensar en él como un autor pesimista, siendo de los pocos novelistas vivos y de éxito de ciencia ficción que cultiva la utopía en lugar de la distopía. Para este autor el optimismo no es opcional, pues de lo contrario estaríamos poniendo la pierna encima a nuestros descendientes. De hecho, no esconde su desagrado por géneros que, según él, se regodean en el pesimismo, como el cyberpunk, al cual considera el equivalente literario del dogma neoliberal de que no hay alternativa posible.

Para Robinson la humanidad puede tener un futuro brillante, pero a medio plazo, no pasará por las estrellas. Su tesis es que, de acuerdo con los últimos descubrimientos científicos, que no estuvieron disponibles para los autores de la edad de oro con los que crecimos, la vida es una expresión planetaria y la biosfera terrestre, un inmenso sistema interconectado que no puede funcionar metiendo un trocito en un arca, una idea mitológica que la ciencia ficción clásica nos vendió como científica en forma de bases con invernaderos o naves generacionales, cuando el espacio sólo era cosa de logística y de cohetes más grandes y más rápidos. Además, aunque él la redujera a unos pocos siglos en sus novelas, estima hoy la terraformación de Marte en varios milenios.

Por supuesto, se puede aducir que Robinson habla con el prisma de alguien de su época, y que ciencia y tecnología conspirarán para que los obstáculos que plantea desaparezcan en poco tiempo, viendo la velocidad del avance científico. Personalmente concedo aquí un punto para Robinson, puesto que la idea de que el futuro proveerá da por hecho que el futuro va a ir por donde nosotros queremos, y en el fondo, no deja de ser muy un poco científico “todo saldrá bien”. Pongo un ejemplo: en el siglo pasado, ciencia y tecnología iban a conspirar para que en nuestro presente tuviéramos colonias en Marte. Era inevitable. Cómo no iba a serlo si en muy pocas décadas se pasó de cohetes de guerra a poner el pie en la Luna. A dónde no llegaríamos en el primer cuarto del siglo XXI siguiendo ese crecimiento exponencial. La ciencia y la tecnología crecieron exponencialmente, sí, pero no por donde nos habían contado. Que en los albores de 2020 se siga hablando de regresar a la Luna, o que estemos reduciendo nuestra movilidad en favor de la interconectividad, son realidades que dichas hace cincuenta años hubieran despertado muy pocas simpatías entre los futurólogos de entonces.

Esto no quiere decir que haya que abandonar cualquier intento de vivir fuera de nuestro planeta, idea de la que el propio Robinson ha sido apologista e inspirador en sus novelas durante décadas. La inversión en el espacio ha traído muchísimas cosas buenas a nuestra especie, y la seguiremos necesitando. Pero es un proyecto a largo plazo, no una solución próxima para nuestros problemas más acuciantes. La respuesta al cambio climático no está en dejar la Tierra atrás. Dicho en plata: si en los próximos mil o dos mil años no podemos contar con nuestra biosfera, no habrá planeta de repuesto. En algún momento el futuro podrá pasar por el espacio, pero para llegar a ese futuro, necesitamos a La Tierra. Eso es todo, un saludo y hasta la próxima reflexión.